A finales del S.XIX, cuando España se vio desprovista de sus apoyos internacionales tradicionales en el Caribe y cuando la insurgencia cubana se sintió reforzada por el auge de los Estados Unidos frente al autonomismo reformador diseñado por Madrid, los cubanos, como años atrás, volverían a coger sus armas y a levantarlas contra la metrópoli en su eterna búsqueda de libertad.

Los líderes políticos del estado español, sin importar su ideología, manifestaron que la nueva guerra cubana bien merecía “hasta la última peseta y hasta la última gota de sangre”, y se aprestaron a entregar ambas. En poco tiempo mandaron movilizar más de 200.000 soldados para Cuba que serían enviados a hacerse con el control efectivo de la isla antillana (Ubieto, Reglá, Jover y Seco, 1983, pág. 773).

Buques de la Compañía Trasatlántica transportando tropas
Buques de la Compañía Trasatlántica transportando tropas. Fuente: José Conca, soldado para ultramar.

El mando de la operación recayó en Arsenio Martínez Campos, pacificador y héroe de la Guerra de Yara, que impulsó una estrategia conciliadora que combinada operaciones militares y concesiones a la población rural, todo ello con el objetivo de intentar negociar con unos líderes rebeldes que ya daban por cerrada la vía del diálogo. Se abría paso la necesidad de una victoria militar.

Militarmente la estrategia estaba clara: se tendía a empujar a los insurrectos al este de la isla (lugar en el que se ahogaron las dos rebeliones anteriores) y a establecer en el centro de la misma, de norte a sur, un cordón que haría las labores de contención: la trocha. Este cordón consistía en un foso defensivo de 200 metros de ancho relleno de alambre de espino, dinamita y diversos obstáculos, secundado a retaguardia por una línea de fortines con dotación militar y bien comunicados por ferrocarriles. Sin embargo, la guerrilla cubana, muy perfeccionada con respecto a anteriores guerras, con alta movilidad y efectiva en las tácticas de sabotaje, pronto encontrará la manera de sobrepasar la trocha de contención comenzando una acción de tierra quemada por todo el territorio occidental, que llevará a dinamitar puentes y destrozar vías de ferrocarril. En pocos meses la estrategia de contención había fracasado.

Dado que la guerra parecía estancarse en interminables combates, el mando del ejército pasará al general Valeriano Weyler a principios de 1896, un militar partidario de aplicar una estrategia más dura y eficaz en el teatro de operaciones. Para él, la fuerza de la insurgencia residía en el apoyo del campo cubano (pues suponían información, suministros, combatientes), por lo que trató de atajarlo mediante una reconcentración de población en zonas urbanas bajo dominio español. El campo cubano pues quedó desértico y las ciudades se vieron desbordadas, sin recursos, afrontando la muerte de miles de cubanos.

Acto seguido, se pasó a la mejora de la trocha central y a la construcción de otra nueva en la parte occidental, ambas fueron dotadas de luz eléctrica para la noche y de nuevas guarniciones. El objetivo era aislar a los insurgentes para atacarlos por separado; primero en el oeste, después en el centro y finalmente en el este. Weyler, además, reforzó las ciudades, obligando a los insurgentes a ataques pequeños y repliegues constantes. La guerra estaba, ahora sí, definitivamente estancada.

Fuente: La campana de Gracia, 7 de Septiembre de 1895, © Ministerio de Educación, Biblioteca Virtual de prensa histórica.
Fuente: La campana de Gracia, 7 de Septiembre de 1895, © Ministerio de Educación, Biblioteca Virtual de prensa histórica.

El ejército además se desgastaba a una alarmante velocidad y hacia 1897 ya había reducido su fuerza efectiva a 150.000 soldados. Esto no era a causa de los combates, que apenas suponían el 4% de las bajas, sino por la propagación de enfermedades, como la fiebre amarilla, que acaparó casi el 50% del monto total de bajas españolas en la contienda, pero también la malaria, la disentería y la anemia, favorecidas por el cansancio y la desnutrición de los contingentes (Balfour, 1997, pág. 23-29). La vía militar, al igual que anteriormente la del diálogo, parecía no ser una solución para el conflicto.

Estados Unidos, afectada de lleno en sus intereses económicos, vio en el estancamiento de la guerra la oportunidad de intervenir so pretexto humanitario. Además, con la toma de control republicano de las cámaras del Congreso americano en las elecciones parciales de 1894 (Rubio, 1997, pág. 70)., ambas presionaron al presidente a favor de una política más activa en Cuba, cuyo discurso parece vascular desde una neutralidad inicial, hasta que el Senado aprueba la concesión de los derechos de beligerancia a los cubanos (Febrero de 1896) y hasta que el presidente ofreciese pacíficamente al gobierno español que concediera la independencia a Cuba.

En 1897 se produce un relevo en los gobiernos de Estados Unidos (llegada del republicano McKinley) y España (llegada del liberal Sagasta) lo que producirá una transformación en la situación colonial: se reducirán las operaciones militares (sustitución de Weyler por el moderado Blanco) y, a petición americana, se concederá una autonomía a Cuba y Puerto Rico, “por el régimen colonial del 25 de Noviembre de 1897, inspirado en el artículo 89 de la Constitución de 1876” (Sánchez Mantero, 1998, pág. 191), en vigor desde 1898.

En 1898 el gobierno norteamericano, influido por la prensa amarilla nacional, pondrá en entredicho la efectividad de este régimen autonómico y decidirá, como si de un intermediario pacífico se tratase, el envío de buques de guerra a la zona para ejercer presión política. Así, el crucero de guerra Maine, llegaría el 25 de Enero por la mañana a Cuba y fondeará allí. De repente, a las 9,40 de la noche del 15 de febrero de 1898, una cadena de explosiones destruía la popa del navío, condenándolo al hundimiento, llevándose consigo la vida de “266 hombres, de los 354 de dotación del buque” (Balfour, 1997, pág. 33).

Con el incidente del Maine, obviando la colaboración de las autoridades españolas, McKinley pedirá al Senado y la Cámara de Representantes una autorización de intervención en Cuba, que le será concedida el 19 de Abril de 1898. Se elevaría entonces un ultimátum a España (Balfour, 1997, pág. 24) indicando que, o esta ponía fin a su soberanía en Cuba, o Estados Unidos intervendría en ella alegando la prolongación de la guerra y el fracaso de las medidas autonómicas españolas. Éste ultimátum será de facto rechazado por el ministro de estado. El 25 de Abril de 1898, llegaba la declaración oficial de guerra.

Intercambio de correspondencia diplomática. Fuente: Enrique Pérez-Cisneros, El reformismo español en Cuba, 1898, Pág. 150.
Intercambio de correspondencia diplomática. Fuente: Enrique Pérez-Cisneros, El reformismo español en Cuba, 1898, Pág. 150.

Autorización para la intervención en Cuba [Fuente: Pérez-Cisneros, Enrique. En torno al 98 cubano. Madrid.1997]
Autorización para la intervención en Cuba [Fuente: Pérez-Cisneros, Enrique. En torno al 98 cubano. Madrid.1997]
España terminaría aceptando la guerra aun sabiendo que se perdería, pero consciente de que eso podría salvar al régimen y a la monarquía. Una monarquía, la de la Reina-regente María Cristina (1885-1902), que intentó un giro diplomático para ganarse la ayuda del emperador Francisco José y del Papa león XIII, ambas con improductivo resultado. Tocaba encomendarse a Dios y a la marina.

En los años 80, España había comenzado un período de reforma naval, que se dejará notar con la “Ley de escuadra de 1887, por la cual se destinan 180 millones de pesetas a dicha reforma y por el presupuesto de 1895, por el que se suman a la reforma 90 millones más” (Rodríguez González, 2013, págs. 15, 16), destinados a modernizaciones o nuevas unidades. La escuadra se construía con el objetivo de dotarse de rapidez y alta movilidad, dejando una gama de cruceros semiprotegidos y potencialmente letales, a veces anteponiendo de forma poco sensata los objetivos industriales (reactivación de astilleros nacionales) a los de obtener una fuerza respetable, en un plazo razonable y con unos costes asumibles. Ello explicaría que los precios y los plazos se disparasen y que, en 1898, gran parte de la flota estuviese inoperativa. Además, los lejanos teatros de operaciones, dejaban a la flota española sin carbón o reparaciones, reduciendo drásticamente su movilidad.

Por su parte, la flota norteamericana había comenzado en 1883 un proceso de modernización (instalación de artillería de largo alcance y protección con corazas de acero), a los que vendría a sumarse la construcción de los primeros acorazados pesados “desde 1886 para entrar en servicio en 1896 y 1897, dejándonos la sexta flota más poderosa sobre los mares” (Elorza y Hernández Sandoica, 1998, pág. 418), justo antes del estallido del conflicto contra España.

Las primeras acciones hostiles se libraron entre la escuadra asiática norteamericana del Comodoro Dewey y la escuadra española del Pacífico del Almirante Montojo. La flota de Dewey penetrará en la Bahía de Manila de madrugada y batirá en dos oleadas a las baterías de tierra y a la escuadra de Montojo, muy inferior en maniobrabilidad, cadencia de fuego y alcance de disparo. Acto seguido comenzaba la invasión de Filipinas. Las hostilidades habían comenzado.

Hasta entonces, la escuadra española del Atlántico del Almirante Cervera había permanecido en Cabo Verde a la espera de que se sumasen los barcos de guerra que estaban siendo reparados en Cádiz, con el objetivo de poder equilibrar las fuerzas de mar que favorecían en gran cantidad a Estados Unidos. La flota norteamericana del Atlántico, a su vez, se encontraba dividida en dos escuadras; Una, bajo mando del Almirante Sampson, que tenía bloqueada Cuba desde el inicio de las hostilidades, y otra, la del Comodoro Schley, que se encontraba fondeada en la costa este de Estados Unidos ante el temor de una posible represalia española.

Infanta María Teresa fue el buque insignia de la Escuadra del Almirante Cervera durante la Guerra de Cuba. A la izquierda, cerca de la isla de São Vicente, Cabo Verde, abril de 1898. A la derecha, dañado tras la batalla naval de Santiago de Cuba. Imágenes de dominio público.
Infanta María Teresa fue el buque insignia de la Escuadra del Almirante Cervera durante la Guerra de Cuba. A la izquierda, cerca de la isla de São Vicente, Cabo Verde, abril de 1898. A la derecha, dañado tras la batalla naval de Santiago de Cuba. Imágenes de dominio público.

La flota de Cervera, torpemente enviada antes de tiempo, se dirigió a la Martinica (Francia) donde se le negó el abastecimiento de carbón, que conseguirá escasamente en Curaçao (Países Bajos), llegando a Santiago sin provisiones y obviando el plan original de dirigirse a San Juan de Puerto Rico, donde le esperaban suministros y carbón. Allí permanecerá sin poder emprender acciones ofensivas ni defensivas (que pasaban por huir a la Habana), condenada al bloqueo por la escuadra combinada de Sampson y Schley. Paralelamente, Estados Unidos desplegaba una fuerza expedicionaria de 17.000 hombres en la parte oriental de la isla de Cuba, fuerza que tomará Guantánamo, Daiquirí y Siboney, desde donde sitiará la ciudad de Santiago de Cuba. España tuvo una buena defensa en tierra, y más concretamente en las Guásimas, pero fue replegándose sin aprovechar las favorables posiciones de defensa o las no pocas posibilidades de contraataque.

Ante la probable caída de la ciudad de Santiago de Cuba, que se estimaba sólo cuestión de tiempo, y ante el miedo de que los norteamericanos tomasen la flota intacta, el día 3 de Julio, la escuadra de Cervera saldrá del puerto y, una a una, serán aniquiladas todas las naves de la escuadra española, sufriendo “323 muertos, 151 heridos y 1720 prisioneros” (Elorza y Hernández Sandoica, 1998, pág. 446) al final de la jornada. Los americanos contabilizarán un muerto en la batalla. Indefendible por mar, rodeada, sin suministros y sin posibilidad de asistencia por tierra, Santiago capitulará el 15 de Julio de 1898.

Tras varios días de cables triunfalistas, confusos o contradictorios, se confirma la destrucción de la escuadra española. Fuente: “El Imparcial” del día 6 de Julio de 1998 © Ministerio de Educación, Biblioteca Virtual de prensa histórica.
Tras varios días de cables triunfalistas, confusos o contradictorios, se confirma la destrucción de la escuadra española. Fuente: “El Imparcial” del día 6 de Julio de 1998 © Ministerio de Educación, Biblioteca Virtual de prensa histórica.

Quedaba una escuadra de reserva en la península, la del contraalmirante Cámara, formada por los barcos en reparación ya disponibles, pero aunque trató de dirigirse a Filipinas no pudo abastecerse de combustible en Suez por inquina de las autoridades británicas, por lo que tuvo que regresar a España.

Perdida la escuadra y Santiago, con las hostilidades extendidas a Puerto Rico y Filipinas, sin posibilidad de asistencia desde la península, la guerra tocaba a su fin. Así, “entre el 1 de Octubre y el 10 de Diciembre de 1898 se desarrollará la negociación de la Paz de París” (Elorza y Hernández Sandoica, 1998, pág. 459), por la cual Cuba obtenía su independencia y, para sorpresa española , Filipinas, Guam y Puerto Rico eran entregadas a Estados Unidos a cambio de una compensación de 20 millones de dólares. Finalmente, el 11 de Abril de 1899, previa ratificación por los gobiernos implicados de los acuerdos de París, se ponía fin al imperio español. En 1900 recibiría también Sibutú y Cagayán, obviadas en el tratado original (Ubieto, Reglá, Jover y Seco, 1983, pág. 777). Por su parte, Palaos, Carolinas y Marianas se venderán a Alemania.

La delegación española. Fuente: Elaboración propia a partir de una fotografía de un grabado de “La ilustración española y americana” en 1899, recopila por ABC en su publicación del centenario de 13-12-1998, así como de un grabado de la época recopilado por El Mundo en su publicación del 17-9- 1998, ambas facilitadas por D. Manuel Sainz de Vicuña, tataranieto de Montero Ríos
La delegación española. Fuente: Elaboración propia a partir de una fotografía de un grabado de “La ilustración española y americana” en 1899, recopila por ABC en su publicación del centenario de 13-12-1998, así como de un grabado de la época recopilado por El Mundo en su publicación del 17-9- 1998, ambas facilitadas por D. Manuel Sainz de Vicuña, tataranieto de Montero Ríos

Estados Unidos, comenzaba así una carrera de expansión global, tras resolver sus problemas internos y ahora buscaba nuevos límites a su expansión. España, por su parte, había perdido sus posesiones exteriores y, ahora, acometía su fragmentación interna, aunque esa ya, como dice la clásica cita, es otra historia…

 

Autor: Manuel Ruiz Isac. Grado Universitario en Geografía e Historia por la Universidad de Jaén (2010-2014). Proyecto de fin de carrera publicado (Tauja): “La desintegración del Imperio Español en el siglo XIX: causas y procesos”. Curso “La Inteligencia frente a los riesgos y las amenazas actuales” (UCM e IEEE). Ha publicado artículos en Revista de Historia y GESI e IEEE.

 

Bibliografía

Balfour, S. (1997). El fin del imperio español (1898-1923).
Rubio, J. (. (1997). Dos cruciales iniciativas de los Estados Unidos en torno a Cuba: Noviembre de 1875 y Abril de 1896.
Sanchez Mantero, R. (1998). En torno al 98.
Sevillano Castillo, R. (. (1986). Ideas de Jose Antonio Saco sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos (París, 1848).
Ubieto, Reglá, Jover y Seco. (1983). Introdución a la HISTORIA DE ESPAÑA.
Céspedes del Castillo, G. (1985). VI América Hispánica (1492-1898).
Elorza y Hernández Sandoica. (1998). La Guerra de Cuba (1895-1898).
García Quirós, R. M. (1985). Política y caricatura: El desastre colonial español a los ojos de los humoristas gráficos (1895-1898). Universidad de Oviedo: Departamento de Historia del Arte y Musicología.
Rodríguez Gonzalez, A. R. (2013). Las campañas navales en el ultramar español (1875-1898).
Conca Hernández, José (2016) Soldado para Ultramar (1891-1899). Véase digitalmente en https://villenaepisodioshistoricos.wordpress.com/category/soldado-para-ultramar-por-jose-conca-hernandez/
© Consejería de educación. Biblioteca Virtual de Andalucia. Obtenido de http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/
© Ministerio de Educación. Biblioteca Nacional de España. Obtenido de http://www.bne.es/
© Ministerio de Educación. Biblioteca Virtual de prensa histórica. Obtenido de http://www.prensahistorica.mcu.es

 

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