Hoy en día, la ciudad de Estambul (Constantinopla para los romanos) es una enorme megalópolis llena de turistas y un bullicio que no cesa en sus calles, pero debajo de estas se encuentran enormes depósitos subterráneos que datan de más de un milenio y siguen en pie, sosteniendo las bulliciosas calles.

Un total de 60 cisternas encontradas hasta ahora fueron construidas por los romanos de oriente para almacenar agua y evitar que la ciudad pasase sed como si se tratasen de enormes pozos.

De todas ellas, una catedral subterránea formada por 336 columnas de mármol con unos 9 metros de altura y 143 metros de largo por unos 65 de ancho se esconde muy cerca del emplazamiento del antiguo Palacio Imperial y del Hipódromo. Su nombre es la Cisterna de Basílica y es una de las últimas proezas de la arquitectura civil romana.

Su historia y leyenda es tan fascinante como enormes son sus dimensiones. Mandada construir en el año 532 por el emperador Justiniano I tras las rebelión de la Niká, recogía agua procedente del acueducto de Valente y albergaba unos 100.000 metros cúbicos de agua, ¡suficiente para llenar 40 piscinas olímpicas nada menos! Fue excavada y recubierta de un muro de piedra y hormigón impermeable de 5 metros de grosor donde una vez instalados que colocó el bosque de columnas recicladas de antiguas construcciones paganas (podemos apreciar columnas de los tres estilos arquitectónicos, sobre todo de estilo corintio) y una vez dispuestas se cerró la cisterna con un techo que sirvió como pavimento para crear una superficie plana donde el emperador mandó construir una plaza de mercado.

En esta miniatura podemos apreciar el esquema de como era una cisterna romana. Podemos apreciar las cabezas de Medusa bajo dos columnas.
En esta miniatura podemos apreciar el esquema de como era una cisterna romana. Podemos apreciar las cabezas de Medusa bajo dos columnas.

El agua acumulada servía para proveer de agua a la zona del Capitolio como al Gran Palacio Imperial y sus jardines y así siguió durante toda la época romana, pero el saqueo de los cruzados a la ciudad y el empobrecimiento del imperio hicieron que la ciudad no tuviera fondos para mantenerse y su zona monumental se fue deteriorando y olvidando, incluyendo el palacio.

Cuando los otomanos entraron en la ciudad en 1453 se encontraron con que está estaba prácticamente en ruinas y se pusieron a reconstruirla con nuevas edificaciones, reemplazando el antiguo palacio por el nuevo palacio de Topkapi, el cual siguió usando las agua de la Cisterna pero a finales del siglo XV dejaron de usarlo y el pozo quedó olvidado.

Unos años más tarde, a mediados del siglo XV un viajero holandés llamado Gylles viajó a la ciudad y se alojó en una casa donde sus huéspedes le contaron que bajo su casa había un río subterráneo porque en su sótano había una brecha que daba lugar a dicho río del que sacaban con cubos agua y que muchas veces esta traía peces con ella.

El dibujo que Gylles realizó en su día del "río subterráneo"
El dibujo que Gylles realizó en su día del “río subterráneo”.

Fascinado por el relato, el holandés comenzó a indagar y tras vérselas con piedras y piedras encontró una antigua escalera y al bajarla encontró la imponente catedral sumergida, con agua en su interior y lo curioso que efectivamente había peces dentro de ella.

Gylles realizó un dibujo de la Cisterna que perduró hasta nuestros días y se fue del lugar. Aún pasarían siglos hasta que los turcos redescubrieran la Cisterna pero esta vez fue para usarla de almacén y vertedero y no fue hasta 1985 cuando el gobierno turco decidió rescatar aquella magna obra para que su grandiosidad pudiera ser contemplada por todos. Sacaron más de 50.000 toneladas de barro y escombros y la limpiaron, manteniendo la Cisterna limpia y con un mínimo de caudal para que pueda ser visitada, además en el agua metieron carpas y otros peces para mantener viva las antiguas historias del río.

El enigma que aún esconde la Cisterna es que bajo dos columnas hay dos piedras con el rostro de Medusa, una de las gorgonas, ambas con el rostro ladeado y dado la vuelta. ¿Es posible que se colocarán para evitar que su hechizo pudiera afectar a alguien?, ¿Es una especie de tumba para los malos augurios o una manera de enterrar lo pagano resplandeciendo los iconos cristianos en la superficie? Lo cierto es que resulta una enorme máquina del tiempo donde se nos da una imagen de lo que se puede llegar a hacer cuando un interés colectivo trabaja codo con codo en pos de hacer grandes cosas.

 

Autor: Iago Rodríguez Díaz. Licenciado en Historia por la UNED. Doctor en Historia por la Universidad Complutense con la tesis doctoral acerca de “Los ejércitos romanos desde la monarquía etrusca hasta la caída de Occidente y su repercusión en la mentalidad militar”. Militar de Carrera y miembro del grupo de reconstrucción histórica “Legio VII Gemina Cohors VI Lemavorvm“.

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