En una tarde fresca de principios de otoño, una legión romana avanzaba hacia las tierras bajas de Escocia, conocida como Caledonia para los romanos, en medio de una humedad y neblina constante. Cinco mil legionarios más dos mil auxiliares y un ala de caballería se abrían paso en los bosques frondosos llenos de vegetación exuberante. De pronto, el halo de misterio se hizo presente. La legión, conocida como la IX (VIIII) Hispana, desapareció, sumiéndose en la más oscura de las penumbras, como si la tierra de pronto se la hubiera tragado. La Desaparición de la Legión IX Hispana

¿Cómo ocurrió tal hecho que significó el fin de una de las legiones más emblemáticas del momento? La respuesta no es fácil, pero sí podemos hallar una explicación.
Los orígenes de la legión parece ser que se remontan al 61 a. C., momento en el que César era gobernador de Hispania Ulterior, de ahí el sobrenombre de Hispana, aunque algunos autores afirman que fue reclutada por Pompeyo el Grande en el 55 a. C. Sea como fuere, se sabe que tuvo un papel destacado en las guerras cántabras de Augusto y en la guerra de Panonia a principios de nuestra era. En el año 43 d. C., fue una de las cuatro legiones que participaron en la conquista de Britania y también tuvo protagonismo, para mal, en la rebelión de Boadicea en tiempos del emperador Nerón, perdiendo cuatro cohortes, unos dos mil hombres, en una emboscada. Después, la legión, recuperada con nuevas unidades, fue transferida a Eburacum, la actual York, y de ahí, pocos años después e iniciada la conquista del sur de Escocia, a Carlisle, dónde se estacionaría poco antes de su desaparición. Mencionar que estuvo presente en la batalla de Mons Graupius frente a las tribus caledonias, pero no llegó a participar. La Desaparición de la Legión IX Hispana

Mapa del Imperio romano en el año 125, bajo el emperador Adriano. La Legio IX Hispana aparece acuartelada en Noviomagus Batavorum (Nimega, Países Bajos). Licencia CC BY-SA 3.0.

En realidad, no es fácil conocer el verdadero destino que sufrió la IX Hispana. Muchas teorías apuntan su canto del cisne, como se ha dicho, en las tierras bajas de Escocia. Pero hay posiciones que defienden la postura de que la aniquilación de la legión en ese momento no fue tal, ya que algunos destacamentos de la misma la sitúan al año siguiente, el 123, en Noviomagus Batavorum (Nimega, Países Bajos), provincia de Germania Inferior en aquel momento, para pasar con posterioridad a Judea en tiempos de la rebelión de Simón Bar Kochba acaecida entre el 132 y 135, bajo el mando de Sexto Julio Severo, donde parece que ya sí fue destruida y no reconstruida. No obstante, se sugiere que pudo sobrevivir hasta tiempos de Marco Aurelio, puesto que en el 161, tras haber estado anteriormente destinada a Capadocia, en Turquía central, permanecía acantonada en Elegeia, a la orilla izquierda del Éufrates, bajo las órdenes del gobernador Marco Sedatio Severiano. Allí fue sorprendida y exterminada por los partos, una suerte de preludio de la guerra que se libró entre los años 162 y 166. Por tanto, no parece probable, según los registros epigráficos y literarios, que la IX Hispana, que comúnmente se denominaba VIIII Hispana, cavara su tumba en algún recóndito lugar de la actual Escocia. Pero… ¿es cierta esta aseveración? Ahondemos un poco más en el misterio para salir de dudas. La Desaparición de la Legión IX Hispana

 

ATANDO CABOS

Una primera pista nos la aporta la evidencia numismática, que sitúa a finales del 120 d. C., cómo la fecha de la última emisión de monedas que conocemos con la leyenda de la legión. Pero verdaderamente la pista más atrayente y enigmática la presenta un personaje que fue tribuno laticlavio de la IX Hispana, lo que equivale a ser el segundo al mando de una legión detrás del legado, de nombre Lucio Norvio Crispino Marcialis Saturnino, que pasó a los anales de la historia por un hecho muy poco común en Roma, permanecer más de veinticinco años “desaparecido”. Su rastro se pierde en el año 121 y no es hasta el 147 d. C. en donde lo encontramos como legado de la III Augusta, acantonada en el norte de África. ¿A qué se debe este lapsus temporal tan extenso en la carrera militar de este personaje? Veamos como ocurrió.

Las fuentes nos testimonian que a principios del reinado del emperador Adriano, hacia el 118, estalla una revuelta en la que participan varias tribus caledonias, entre ellas los brigantes y los selgovae. El gobernador del momento, Quinto Pompeyo Flaco, aplasta rápidamente la rebelión y apacigua la sed de sangre, pero la paz duraría por poco tiempo ya que en el año 122, Adriano, en uno de sus innumerables viajes, visita la isla para supervisar la provincia y reforzar las fronteras. Este hecho debe de ser interpretado de dos maneras. La primera, que el viaje fuese como consecuencia de la terrible noticia de la desaparición de la IX Hispana o, por el contrario, el detonante de la misma. Según los estudios realizados y a través de las opiniones de algunos autores, parece ser que fue el detonante, y se sugiere que las tribus caledonias recibieron la noticia de la llegada del emperador y que éste había ordenado la construcción de un muro, que se conocería como el Muro de Adriano, para detener las innumerables incursiones de estas tribus en territorio romano. Además, en aquel momento tenemos la certeza, y es otra pista a tener en cuenta, de que muchas unidades auxiliares estaban a punto de licenciarse tras veinticinco años de servicio, con lo que las tribus caledonias parece ser que idearon un macabro y suculento plan en vista de que las unidades auxiliares estarían debilitadas debido a la jubilación de gran parte de sus tropas.

 

VENGANZA Y SED DE SANGRE

Este plan consistió en enviar mensajeros al legado de la legión, Tito Aninio Sexto Florentino, para obligarles a parlamentar y negociar un nuevo tratado de paz y reprocharles a los romanos que no hacía falta levantar un inmenso muro que separase la isla en dos. Además, instaron al legado a que se personase con el mayor número de efectivos disponibles para así impresionar a la población y convencer a otras tribus que se mantenían neutrales a aceptar los términos de paz. El legado, confiado, abandonó con la legión su base de Carlisle y se adentró hacia tierras indómitas y hostiles en un intento de establecer de nuevo el orden en las fronteras tal y como el emperador Adriano, que tras su corta estancia ya había abandonado la isla, deseaba.

El cebo funcionó y la trampa se activó. En algún oscuro lugar de las tierras bajas, aproximadamente unos treinta mil caledonios cayeron como puñales frente a siete mil quinientos romanos que ni siquiera pudieron blandir su gladius y se fraguó una matanza, convertida en un espectáculo dantesco, con regueros de sangre y la consumación de la venganza por la derrota de Mons Graupius. Prácticamente ningún romano sobrevivió salvo un pequeño destacamento comandado por Saturnino, que debió de huir al galope y toda prisa antes de caer en manos enemigas. Tal vez fuera eso o tal vez fuese apresado y luego liberado. Aun así, la deshonra estaba servida. La rendición, derrota humillante o captura eran como yugos opresores en el cuello de cualquier militar romano. Muchos, ante ello, no dudaban en quitarse la vida, otros, como Saturnino, prefirieron pasar vergüenza y ostracismo político y militar durante un cuarto de siglo.

 

SILENCIO ABSOLUTO

Roma tembló ante tal catástrofe. Se sintieron escalofríos en toda la isla y las obras previstas del muro, empezaron a construirse con una celeridad inusitada. Pero los romanos, que se vanagloriaban de sus victorias y minimizaban sus derrotas, consideraron que este episodio no pasase a la historia e incluso que no fuera nombrado más, como si no hubiera sucedido, como si la IX Hispana no hubiese existido. Pero la realidad estaba ya escrita. Casi siete mil quinientos hombres perdieron su vida y hubo que restructurar la organización militar en la isla. Nuevas unidades llegaron a finales del 122, la legión VI Victrix, procedente del Bajo Rin, para ocupar el vacío dejado por la IX Hispana y poco después se añadieron tres cohortes auxiliares para reforzar la frontera. Los romanos quisieron borrar su rastro pero lo único que consiguieron fue el nacimiento de un mito.

Águila encontrada en Silchester. Licencia CC BY-SA 1.0.

Un último apunte, ¿qué pasó con el águila de la legión, emblema de la misma? Ahí sí que no hay una respuesta convincente. Posiblemente se perdiera para siempre en la emboscada, probablemente capturada por las tribus caledonias. A pesar de que se encontró un águila en las excavaciones de la ciudad romana de Calleva Atrebatum, la actual Silchester, en los años cincuenta del siglo pasado, ésta presenta las alas plegadas, lo que nos indicaría que no sería un águila militar al uso, tal y como el gran Cayo Mario formalizó cuando reformó las legiones, poniendo como estandarte a un águila con alas desplegadas, la ave sagrada de Júpiter, que se convertiría en el símbolo y grandeza de la legión romana. Tal vez algún día alguien la encuentre y recupere el honor de esta legión. La Desaparición de la Legión IX Hispana

Autor: Marcos Uyá Esteban, es licenciado en Historia y licenciado en Antropología Social y Cultural por la Universidad de Granada. Autor de más de una docena de artículos sobre el mundo romano, en especial en el ámbito militar, y del libro Legiones romanas en Caledonia: Agrícola frente a Calgaco. En los dos últimos años también ha publicado trabajos sobre el mundo persa del periodo sasánida en cuestiones militares, moneda y religión. Actualmente es miembro de la Sociedad Española de Iranología, siendo uno de los organizadores del V Congreso que se celebró en la ciudad de Granada en el 2015.

BIBLIOGRAFÍA: La Desaparición de la Legión IX Hispana

Dando-Collins, S.: Legiones de Roma: La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas. Madrid: La Esfera de los Libros, 2012. 4ª Edición.
Rodríguez González, J., Historia de las legiones romanas. Madrid: Signifer, 2001.
Uyá, M.: Legiones romanas en Caledonia: Agrícola frente a Calgaco. Zaragoza: HRM Ediciones, 2015. La Desaparición de la Legión IX Hispana

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