De Manuel I Comneno a Alejo IV Ángel La Cuarta Cruzada. El Sitio de Constantinopla 1203-1204

En 1180, con la muerte de Manuel I Comneno (1143-1180), el Imperio Bizantino empezó un proceso de lenta pero inexorable decadencia. La época pos Manuel fue en muchos aspectos similar a la etapa pos Justiniano. En ambos casos, el acometimiento de grandes metas había dejado al Imperio en la ruina económica. Pero el caso del tercer gran Comneno tenía el agravante de que los beneficios del comercio internacional se hallaban en manos extranjeras (Venecia y Génova), el interior de Asia Menor estaba en poder de los turcos seljúcidas y gran parte de los Balcanes era un polvorín a punto de estallar (rebelión generalizada de servios y búlgaros). Todo ésto, sin mencionar que entre las Iglesias de Roma y Constantinopla existía un cisma irreversible.

Aniquilada la dinastía Comnena por la misma población de Constantinopla (algunas fuentes latinas dicen que a Andrónico I Comneno lo despellejaron vivo e hirvieron sus huesos en un caldero), tocó regir los destinos del Imperio a una seguidilla de emperadores ineptos pertenecientes a la casa de los Ángel: Isaac II Ángel (1185-1195), Alejo III Ángel (1195-1203) e Isaac II (2º vez) y Alejo IV Ángel (1203-1204). Más hubiera valido un asno en el trono.

En 1201 Alejo IV escapó de la prisión y se entrevistó en Alemania con el emperador occidental, Felipe, y con Bonifacio de Montferrato. Alejo codiciaba el puesto de su padre, y Felipe, por su parte, ambicionaba convertir al Imperio Oriental en un Estado cliente de su propio Imperio. ¿Porqué no desviar la cruzada que se estaba organizando bajo la égida de Inocencio III hacia Constantinopla? En todo caso, se llegaría a lo sumo a matar dos pájaros de un mismo saetazo.

Constantinopla hacia finales del siglo XII.

83.000 marcos de plata

Hacia el año 1200, los caminos por el Asia Menor rumbo a Tierra Santa no eran seguros. Los sultanes de Iconio habían acabado con todo vestigio de soberanía bizantina entre Filomelio y la Antioquía Pisidiana, al Norte, y Atalia y Seleucia, al Sur. En consecuencia, la ruta terrestre fue desechada de plano por los caudillos de la IV Cruzada. Más aún, si durante la III Cruzada Ricardo Corazón de León se había hecho con Chipre durante la travesía marítima que le llevó a Acre, cuanto más se podría obtener empleando el mismo derrotero (se deben haber preguntado muchos seguramente). A fin de cuentas, Creta, Rodas y las grandes islas del Egeo se encontraban en un estado de alarmante indefensión.

En 1201 arribó a Venecia Godofredo de Villehardouin para fletar las naves del Dux. Entonces, a la manera de nuestros actuales negociadores de deuda externa o intercambio comercial, arregló el precio del transporte en 83.000 (85.000 según otros) marcos de plata, sin saber siquiera si dicha suma se podría llegar a reunir algún día.

Cuarta Cruzada: antecedentes inmediatos.

Enterados de los acuerdos con Venecia, los que desconfiaban del Dux empezaron a defeccionar. Prefirieron elegir el medio y la fecha de transporte (Juan de Nesle, el obispo de Autun y muchos otros). Así las cosas, Godofredo pronto empezó a ver con aprensión que la suma comprometida era realmente inaccesible con tantas deserciones. Villehardouin en persona viajó a Pavía para reconvenir al mismo conde de Blois, que estaba a punto de hacerse a la mar sin pasar por Venecia. No obstante, muchos contribuyeron con sus beatos laureles a hacer posible que Venecia se apoderara del regenteo de la gran expedición. Por ejemplo, el Citeaux envió el tesoro recolectado en la abadía del difunto Foulques de Neuilly y Bonifacio de Montferrato por sí mismo encabezó una colecta. Los condes de Blois y de Flandes, por su parte, llevaron al palacio de los Dux todas sus vajillas de oro y plata. Llegaron a reunir casi 50000 marcos, pero aún faltaba mucho.

La expedición se aplazó acorde con la voracidad veneciana, hasta el siguiente otoño (por suerte para Constantinopla). Entretanto, Villehardouin prosiguió laborando como un perro ovejero, reuniendo a aquéllos que habían dado su palabra de tomar la cruz, para hacer más asequible la suma que aún se adeudaba (33.000 marcos).

Las murallas de Constantinopla.

El oro de Bizancio

A sus noventa y cinco años de edad, el Dux Enrico Dándolo todavía se podía dar el lujo de ser paciente. ¡Y vaya que hacía gala de paciencia! Soportó a las tropas de cruzados a las afueras de Venecia, mientras observaba cómo los pobres infelices venidos de todas partes para retomar Jerusalén se la pasaban rumiando su desesperanza, en medio del lodo y la humedad de las acequias. Finalmente, sus negociadores consiguieron arrancar una prebenda a los caudillos de la Cruzada: la deuda de casi 34.000 marcos se consideraría saldada si, en camino de Egipto (adonde finalmente se había estipulado la meta de la expedición), le ayudaban a Venecia a hacerse con la ciudad de Zara. Mal comienzo si se consideraba que dicha urbe pertenecía al reino cristiano de Hungría (el real trasfondo era que Zara estaba compitiendo comercialmente con Venecia, a la que no le iba en zaga). La parodia tuvo su momento culminante cuando se le vio a Enrico Dándolo llorar de rodillas en San Marcos, luego de abrazar él mismo la cruz.

En noviembre de 1202 Zara fue tomada y repartida. Fue la antesala de lo que le esperaba a Constantinopla, por su puesto, en una dimensión más reducida. Se dio el caso de soldados húngaros cruzados luchando contra sus hermanos de sangre.

Enterado Inocencio III del dislate, escribió urgente a los cruzados: “En vez de ganar la Tierra Prometida habéis marchado contra vuestros hermanos… Satanás, el gran tentador os sedujo”. Y los excomulgó a todos. ¡A cuarenta mil cruzados! Fue entonces cuando reapareció en escena Alejo IV el Ángel, rogando a Inocencio, al Dux, a Felipe y a Bonifacio de Montferrato que le prestaran la cruzada para reponer en el trono a su padre, Isaac II y castigar a su malvado hermano mayor, Alejo III. Inmediatamente, cada cual vio la ventaja que podía sacar con ello: Los venecianos se vengarían con creces de los continuos desplantes de los emperadores bizantinos (Juan II y Manuel I habían ya intentado sacudir sin éxito el yugo comercial veneciano), los cruzados se cobrarían un botín que ni en sus sueños podían imaginarse, Felipe concretaría el sueño de Federico Barbarroja, Bonifacio de Montferrato el suyo propio, y el Papa, ay, el Papa… Solamente Simón de Montfort, el futuro verdugo de cátaros e incendiario de Occitania, se seguía oponiendo a la idea de jugar con Constantinopla. En honor de la verdad fue el único que mantuvo su palabra de no atacar esa ciudad cristiana. Pero el imbécil que precipitó todo fue el mismo Alejo IV, cuando se comprometió a pagar 200.000 marcos de plata (¡200.000!), participar en la cruzada con una tropa de 10.000 hombres y mantener a perpetuidad un regimiento de quinientos caballeros en el Santo Sepulcro. El 24 de mayo los cruzados zarparon de Corfú. Destino: Constantinopla.

Cuarta Cruzada: tramo venecia-Bizancio 1203.

Cúbranse los cielos de luto

Luego de hacer escala en Candía, la flota atravesó el brazo de San Jorge y arribó a Santo Estéfano en vísperas de San Juan, el 23 de junio. Como un espejismo, en el fondo, la silueta de Constantinopla, sobre el mar, apareció legendaria, majestuosa, perdurable. Los cruzados se preguntaban amedrentados cómo harían para vencer allí donde nunca antes nadie se había llevado los laureles, cómo harían para doblegar semejantes murallas. La ciudad, para ese entonces con más de mil años de historia a cuestas, había quebrado tantos intentos de asedio que ya nadie se acordaba del número. ¿Dieciocho, diecinueve o tal vez veinte?

Y finalmente llegó el gran día. Los cruzados, dirigidos entre otros por el mismo Enrico Dandolo, empezaron el asedio, luego de confesarse, el 7 de julio de 1203. La flota veneciana los condujo contra las fortificaciones marítimas de la ciudad, hacia la torre de Gálata, adonde una pesada cadena cerraba la entrada del cuerno de oro. Allí, una galera que llevaba en la proa una gigantesca tijera de acero se acercó y cortó el hierro entre dos eslabones.

El 17 de julio, se lanzó el asalto general. Lo lideraba quién sino otro que el Dux de Venecia. Enrico intentaba demostrar que sí se podía matar a esos cismáticos sin merecer el infierno por ello. Imperturbable en su senilidad, se movía como si le hicieran falta bisagras en sus articulaciones. Pero él estaba allí, con el estandarte de la República de San Marcos en una mano y la espada en la otra.

Atemorizado, Alejo III se dio a la fuga, abandonándolo todo, esposa incluida. Eufrasina, como se llamaba, quedó en el palacio masticando su ira, tal vez envidiando la actitud de Justiniano, el esposo de Teodora, durante los sucesos de Nika y a las palabras que ésta pronunció entonces: “La huida resulta imposible, incluso aunque nos llevara a lugar seguro. Quien nace en este mundo ha de morir pero un soberano no puede ir al exilio” (Procopio).

Destituido Alejo III, Isaac II fue repuesto en el trono junto con su hijo Alejo el Joven. El pueblo del Imperio no tenía aún noción de cuanto le costaba el nuevo basileo. Isaac dio su conformidad a los acuerdos de Zara, firmados por Alejo IV aunque tan solo pudo reunir 100.000 marcos. Para el resto pidió una prórroga. Debía primero recaudar y no lo podía hacer si antes no sometía las restantes provincias que formaban el caos en que se había convertido esa sombra de Imperio que ahora le tocaba gobernar.

Entretanto, los cruzados, para justificar su voto, arremetieron contra las mezquitas que los egipcios habían levantado en la ciudad, bajo el beneplácito de los últimos Comnenos. Alejo IV debió rogarles que se retiraran extramuros para no ocasionar mayores problemas con una población que cada vez estaba más hastiada de los Ángel y de los cruzados. Estos últimos accedieron a trasladar su campamento frente a Gálata. Todos estaban deseosos ya de partir y muchos se preguntaban que hacían aún allí, languideciendo luego de casi un año de peripecias. Quizá el único que sabía la respuesta, además de Dándolo (a quien guiaba otra motivación), era Bonifacio de Montferrato, cuyos ojos se habían clavado en Margarita, la mujer de Isaac II el ciego y hermana del rey de Hungría.

En septiembre, una embajada acudió a palacio para entrevistarse con el emperador. Fueron recibidos por Isaac II, su protointendente, el futuro Alejo V Ducas, apodado Murzuflo, y dos mujeres: Inés de Francia, hermana de Felipe Augusto y dos veces emperatriz de Oriente y Margarita de Hungría, la codiciada esposa de Isaac el ciego. Allí pusieron en claro sus intenciones: si no se les entregaba rápidamente el saldo de la deuda, atacarían la ciudad para cobrársela ellos mismos, según derecho. No bastó el ceremonial ni el boato de los bizantinos para intimidarles. Tampoco el canto de las avecillas de metal que colgaban de arbustos de oro que rodeaban al trono, ni el rugido de los leones mecanizados que, irguiéndose sobre sus patas, tanto habían atemorizado a las embajadas rusas de antaño. Todo lo contrario, los ambiciosos caudillos de la Cruzada advirtieron que tras el circo se escondía una monumental debilidad. Debió levantarse el mismo emperador: “nadie nunca se atrevió a desafiar la autoridad de los cesares en el propio palacio. No responderé a vuestra insolencia” gritó y mandó a llamar a sus guardias.

Ruinas del palacio de Bucoleón

Desde ese día las relaciones entre la población de la capital y los cruzados se deterioraron rápidamente. Hubo varios intentos de Murzuflo por deshacerse de los indeseables huéspedes. Una noche envió brulotes contra las naves venecianas, pero todos fueron desviados hacia mar abierto. En otra ocasión dirigió un ataque pero fue rechazado con graves pérdidas. Finalmente se avino a hablar.

Para entonces la chusma había depuesto al inepto Alejo IV y luego de un fugaz reinado de Nicolás Canabus que duró horas (no aparece en ninguna terna de emperadores), Alejo Ducas (Murzuflo) se coronó nuevo emperador con el nombre de Alejo V. Su primera medida fue estrangular a Alejo IV y molerle los huesos a mazazos.

Las conmociones que estaban teniendo lugar en el ombligo del mundo, en la gran ciudad dorada, alarmaron a los occidentales. Pero lo que más les desagradó fue la manera en que el vasallo acabó con la vida de su señor (acorde con la visión que los francos tenían de las relaciones serviles). Murzuflo debía pagar en todo sentido. Los soldados empezaron a bruñir los escudos y los carpinteros a preparar las torres de asedio.

Hubo un último intento de Murzuflo por reencauzar la historia. Se entrevistó en territorio neutral con Enrico Dándolo y cedió a todas las exigencias del Dux, menos a la de someter su Iglesia a la voluntad de Roma. Era la excusa que Enrico tanto necesitaba para dar una justificación que no fuera terrenal a la descarriada cruzada: había que devolver de nuevo a los cismáticos al redil. De vuelta en su campamento, empezaron a planear la manera en que se repartirían la ciudad y al Imperio mismo. Participaron el Dux en persona, Godofredo de Villehardouin, Bonifacio de Montferrato y muchos otros. Decidieron que lo mejor sería conformar un Colegio compuesto de seis venecianos y seis franceses (doce Judas se repartirían el Imperio), que nombraría inclusive al nuevo emperador.

El viernes 8 de abril de 1204, a la sazón, antevísperas de la Pascua Florida, Constantinopla volvía a ser sitiada. Los cruzados en su empeño por hacerse con sus riquezas, habían construido torres de varios pisos en la proa de los barcos para que los caballeros pudieran acometer a los defensores a la altura de las almenas y parapetos. Gran cantidad de balistas, piedras y flechas había sido subida a los barcos en un intento desesperado por abatir a la guarnición. Pero ésta, cómodamente apostada detrás de las magníficas fortificaciones, solo tenía que empujar las escalas para que los occidentales perdieran el equilibrio y cayeran al mar. Ese primer día de combate fue como un paseo de niños para los defensores.

El segundo día de lucha no concedió tregua ni respiro a los cruzados. Subiendo las escalas con temeridad llegaban a lo alto tan solo para ser masacrados por los bizantinos que los repelían a los alfanjazos. Debió de haber sido horrible para los que aguardaban en cubierta ver como sus colegas caían con los rostros y cuerpos lacerados, dando de lleno contra los aparejos y la madera de los cascos, o desgañitándose sobre las cuerdas que, saliendo de los mástiles, sujetaban el velamen de las embarcaciones.

El Cuerno de Oro y las murallas marítimas.

A partir del tercer día, el asalto a la ciudad se generalizó. Las naves venecianas desembarcaron soldados en la parte baja de las murallas que flanqueaban el Cuerno de Oro, pese a los desesperados intentos de la flota imperial por impedir la acción. En la sección donde los muros guardaban el palacio imperial de Blaquernas (antaño residencia de los Comnenos), los occidentales consiguieron atravesar el perímetro. Para ello fue decisiva la maniobra ideada por Enrico, el inacabable Dux. El anciano veneciano había concluido que la mejor manera de acometer las fortificaciones era adosando una nave contra otra, de modo que donde antes una escala había fallado, ahora dos podrían triunfar. Y así fue.

Sin embargo, aún debió la fatalidad jugar su papel para condenar definitivamente los esfuerzos por salvar a la segunda Roma. Un incendio intencionado o accidental, no se sabe (dice Steven Runciman), vino a desmoralizar a los defensores en el preciso instante en que varios cruzados conseguían hacer pie en lo alto de las almenas, entre ellos el obispo de Soissons que, con una flecha atravesándole de lado a lado la mitra, gritaba “Dios lo quiere” “Santo Sepulcro, ayúdanos”, ora para tranquilizar su conciencia, ora para infundir entusiasmo en sus acólitos.

Unos momentos después, viendo que todo estaba perdido y no había más para hacer, Murzuflo se retiró a Bucoleón, para preparar su ignominiosa salida. Posiblemente para entonces, ya le estaba sucediendo el quinto basileo en ocho meses: Teodoro I Láscaris (1204-1222).

No tardaron los cruzados en inundar las calles de la ciudad y diseminarse por sus barrios; al principio lo hicieron con resquemor. Pensaban que en la siguiente encrucijada los truculentos bizantinos se hallarían agazapados para tenderles una emboscada. Pero a poco notaron que la realidad era bien diferente. En lugar de la guardia varega, se les apareció de improviso una patética procesión de mujeres, niños y ancianos, implorándo por sus vidas. Caminaban formando cruces con sus dedos, echándose de rodillas y suplicando gracia. Los occidentales los apartaron a bastonazos y corrieron hacia Bucoleón, donde los sirvientes abrieron las puertas. El formidable tesoro que encontraron en el recinto les dejó sin habla. Entretanto, el palacio de Blaquernas ya había sido tomado y casi ningún bizantino peleaba ya por la ciudad que tantos dolores de cabeza habían provocado otrora a las avanzadillas del Islam.

Sin resistencia, los cruzados dieron rienda suelta a todo lo malo que tiene el ser humano en tales circunstancias. Saquearon, robaron, destruyeron, mancillaron, asesinaron, violaron, decapitaron, esclavizaron, y todo lo hicieron en nombre de Dios. Muchos nobles, orfebres y artesanos, esperando salvar sus riquezas escondiéndolas entre las ropas de sus hijas, vieron con horror como los cruzados les arrebataban ambos tesoros: sus joyas y la virginidad de sus seres amados.

El botín se reunió en tres iglesias especialmente seleccionadas por su enorme tamaño. Constantinopla fue devastada, Santa Sofía sometida al peor de los ultrajes; con mujerzuelas recitando obscenos sermones desde el púlpito patriarcal, el imperio fue repartido según lo convenido mientras la cristiandad oriental era banadonada a su suerte.

El crepúsculo de un ensueño

Aunque los cruzados entraron el 12 de abril, Constantinopla perdió su lugar como capital del mundo al día siguiente. En unos pocos días, los occidentales se robaron todas las reliquias, incluidos cráneos, dientes y huesos de tantos santos, cuyos restos se habían acumulado en las iglesias de la gran urbe cosmopolita desde los primeros días de su fundación. Lo que no pudieron llevarse lo rompieron a mazazos. Es la prerrogativa del ignorante: nunca conoce el valor de lo que destruye.

Nicetas, un historiador que fue testigo presencial del horrendo crimen, escribió a Bonifacio de Montferrato: “Vosotros, que os decís más piadosos, más justos, más obedientes de Jesús que nosotros, los griegos; vosotros, que habéis tomado Su Cruz sobre vuestros hombros, que habéis prometido por Su Nombre y por la palabra de Dios atravesar los países cristianos sin derramar sangre; vosotros que habéis hecho votos de no bañar vuestras espadas más que en sangre sarracena, que habéis jurado conquistar Jerusalén y respetar a las mujeres en vuestra condición de soldados al servicio de Dios, ¡no sois más que unos vanidosos!”. “Pues mientras aspiráis al Santo Sepulcro, descargáis vuestro furor contra cristianos; mientras lleváis la Cruz, la arrojáis al lodo por un puñado de oro o plata. ¡Atesoráis perlas pero pisoteáis la perla más preciada: Jesucristo!”. “Los musulmanes trataron con más moderación y humanidad a la Jerusalén conquistada; no violaron mujeres, no cubrieron de cadáveres la tumba de Cristo. Por unas pocas monedas dejaron a cada uno rescatar su cabeza, sus propiedades, su libertad; no descargaron su furor sobre las espadas, los incendios, los saqueos y el hambre, como vosotros, que os llamáis cristianos”. Y Nicetas calló, deseando que los nombres de los asesinos no trascendieran en los años.

Bizancio en el exilio: la Cuarta Cruzada (1204).

Conclusión

No fueron los bárbaros del Norte, pechenegos, uzos y cumanos quienes cumplieron el sueño de tomar la mayor ciudad medieval. Tampoco los jinetes del Islam, que habían acariciado sus muros en varias oportunidades, aunque sin suerte. Constantinopla fue finalmente tomada y saqueada en abril de 1204 por un ejército cruzado. Ya nunca más se recuperaría de tal ignominia.

Si Constantinopla vivió y padeció en 1204 el oprobio de la IV Cruzada fue por que con la desaparición de Manuel I Comneno perdió a su último gran líder. Su historia posterior hasta 1453, fue la historia de un pueblo que intentó recuperar la dignidad pero ya sin una mano sabia que sostuviera el timón para guiarlo en el intento. Amén de un contexto internacional que no tenía nada que ver con el del otrora glorioso imperio.

 

Autor: Guilhem W. Martin ha cursado la carrera de Historia en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Enlace al original. Licencia Creative Commons BY-NC-ND 2.5 AR.

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